MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA XXVII JORNADA
MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2012
“¡Alegraos siempre en el Señor!” (Flp 4,4)
Queridos jóvenes:
Me alegro de dirigirme de nuevo a vosotros con ocasión de la
XXVII Jornada Mundial de la Juventud. El recuerdo del encuentro de Madrid el
pasado mes de agosto sigue muy presente en mi corazón. Ha sido un momento
extraordinario de gracia, durante el cual el Señor ha bendecido a los jóvenes
allí presentes, venidos del mundo entero. Doy gracias a Dios por los muchos
frutos que ha suscitado en aquellas jornadas y que en el futuro seguirán
multiplicándose entre los jóvenes y las comunidades a las que pertenecen. Ahora
nos estamos dirigiendo ya hacia la próxima cita en Río de Janeiro en el año
2013, que tendrá como tema «¡Id y haced discípulos a todos los pueblos!» (cf.
Mt 28,19).
Este año, el tema de la Jornada Mundial de la Juventud nos
lo da la exhortación de la Carta del apóstol san Pablo a los Filipenses:
«¡Alegraos siempre en el Señor!» (4,4). En efecto, La alegría es un elemento
central de la experiencia cristiana. También experimentamos en cada Jornada
Mundial de la Juventud una alegría intensa, la alegría de la comunión, la
alegría de ser cristianos, la alegría de la fe. Esta es una de las
características de estos encuentros. Vemos la fuerza atrayente que ella tiene:
en un mundo marcado a menudo por la tristeza y la inquietud, la alegría es un
testimonio importante de la belleza y fiabilidad de la fe cristiana.
La Iglesia tiene la vocación de llevar la alegría al mundo,
una alegría auténtica y duradera, aquella que los ángeles anunciaron a los
pastores de Belén en la noche del nacimiento de Jesús (cf. Lc 2,10). Dios no
sólo ha hablado, no sólo ha cumplido signos prodigiosos en la historia de la
humanidad, sino que se ha hecho tan cercano que ha llegado a hacerse uno de
nosotros, recorriendo las etapas de la vida entera del hombre. En el difícil
contexto actual, muchos jóvenes en vuestro entorno tienen una inmensa necesidad
de sentir que el mensaje cristiano es un mensaje de alegría y esperanza.
Quisiera reflexionar ahora con vosotros sobre esta alegría, sobre los caminos
para encontrarla, para que podáis vivirla cada vez con mayor profundidad y ser
mensajeros de ella entre los que os rodean.
1. Nuestro corazón está hecho para la alegría
La aspiración a la alegría está grabada en lo más íntimo del
ser humano. Más allá de las satisfacciones inmediatas y pasajeras, nuestro
corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar «sabor» a
la existencia. Y esto vale sobre todo para vosotros, porque la juventud es un
período de un continuo descubrimiento de la vida, del mundo, de los demás y de
sí mismo. Es un tiempo de apertura hacia el futuro, donde se manifiestan los
grandes deseos de felicidad, de amistad, del compartir y de verdad; donde uno
es impulsado por ideales y se conciben proyectos.
Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la
alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un
trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y
puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los
hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento
de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el
aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse
comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la
adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de
nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer
proyectos para el futuro. También pueden producir en nosotros una verdadera
alegría la experiencia de leer una obra literaria, de admirar una obra maestra
del arte, de escuchar e interpretar la música o ver una película.
Pero cada día hay tantas dificultades con las que nos
encontramos en nuestro corazón, tenemos tantas preocupaciones por el futuro,
que nos podemos preguntar si la alegría plena y duradera a la cual aspiramos no
es quizá una ilusión y una huída de la realidad. Hay muchos jóvenes que se
preguntan: ¿es verdaderamente posible hoy en día la alegría plena? Esta búsqueda
sigue varios caminos, algunos de los cuales se manifiestan como erróneos, o por
lo menos peligrosos. Pero, ¿cómo podemos distinguir las alegrías verdaderamente
duraderas de los placeres inmediatos y engañosos? ¿Cómo podemos encontrar en la
vida la verdadera alegría, aquella que dura y no nos abandona ni en los
momentos más difíciles?
2. Dios es la fuente de la verdadera alegría
En realidad, todas las alegrías auténticas, ya sean las
pequeñas del día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios,
aunque no lo parezca a primera vista, porque Dios es comunión de amor eterno,
es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se difunde en
aquellos que Él ama y que le aman. Dios nos ha creado a su imagen por amor y
para derramar sobre nosotros su amor, para colmarnos de su presencia y su
gracia. Dios quiere hacernos partícipes de su alegría, divina y eterna,
haciendo que descubramos que el valor y el sentido profundo de nuestra vida
está en el ser aceptados, acogidos y amados por Él, y no con una acogida frágil
como puede ser la humana, sino con una acogida incondicional como lo es la
divina: yo soy amado, tengo un puesto en el mundo y en la historia, soy amado
personalmente por Dios. Y si Dios me acepta, me ama y estoy seguro de ello, entonces
sabré con claridad y certeza que es bueno que yo sea, que exista.
Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se
manifiesta de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que
buscamos. En el Evangelio vemos cómo los hechos que marcan el inicio de la vida
de Jesús se caracterizan por la alegría. Cuando el arcángel Gabriel anuncia a
la Virgen María que será madre del Salvador, comienza con esta palabra:
«¡Alégrate!» (Lc 1,28). En el nacimiento de Jesús, el Ángel del Señor dice a
los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo
el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el
Señor» (Lc 2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se
llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es, por lo
tanto, la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros. Esto es lo que san
Pablo quiso decir cuando escribía a los cristianos de Filipos: «Alegraos
siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo
el mundo. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). La primera causa de nuestra alegría
es la cercanía del Señor, que me acoge y me ama.
En efecto, el encuentro con Jesús produce siempre una gran
alegría interior. Lo podemos ver en muchos episodios de los Evangelios.
Recordemos la visita de Jesús a Zaqueo, un recaudador de impuestos deshonesto,
un pecador público, a quien Jesús dice: «Es necesario que hoy me quede en tu
casa». Y san Lucas dice que Zaqueo «lo recibió muy contento» (Lc 19,5-6). Es la
alegría del encuentro con el Señor; es sentir el amor de Dios que puede
transformar toda la existencia y traer la salvación. Zaqueo decide cambiar de
vida y dar la mitad de sus bienes a los pobres.
En la hora de la pasión de Jesús, este amor se manifiesta
con toda su fuerza. Él, en los últimos momentos de su vida terrena, en la cena
con sus amigos, dice: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo;
permaneced en mi amor… Os he hablado de esto para que mi alegría esté en
vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,9.11). Jesús quiere
introducir a sus discípulos y a cada uno de nosotros en la alegría plena, la
que Él comparte con el Padre, para que el amor con que el Padre le ama esté en
nosotros (cf. Jn 17,26). La alegría cristiana es abrirse a este amor de Dios y
pertenecer a Él.
Esta profunda alegría es fruto del Espíritu Santo que nos
hace hijos de Dios, capaces de vivir y gustar su bondad, de dirigirnos a Él con
la expresión «Abba», Padre (cf. Rm 8,15). La alegría es signo de su presencia y
su acción en nosotros.
3. Conservar en el corazón la alegría cristiana
Aquí nos preguntamos: ¿Cómo podemos recibir y conservar este
don de la alegría profunda, de la alegría espiritual?
Un Salmo dice: «Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que
pide tu corazón» (Sal 37,4). Jesús explica que «El reino de los cielos se
parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a
esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo»
(Mt 13,44). Encontrar y conservar la alegría espiritual surge del encuentro con
el Señor, que pide que le sigamos, que nos decidamos con determinación,
poniendo toda nuestra confianza en Él. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de
arriesgar vuestra vida abriéndola a Jesucristo y su Evangelio; es el camino
para tener la paz y la verdadera felicidad dentro de nosotros mismos, es el
camino para la verdadera realización de nuestra existencia de hijos de Dios, creados
a su imagen y semejanza.
Buscar la alegría en el Señor: la alegría es fruto de la fe,
es reconocer cada día su presencia, su amistad: «El Señor está cerca» (Flp
4,5); es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y
en su amor. El «Año de la Fe», que iniciaremos dentro de pocos meses, nos
ayudará y estimulará. Queridos amigos, aprended a ver cómo actúa Dios en
vuestras vidas, descubridlo oculto en el corazón de los acontecimientos de cada
día. Creed que Él es siempre fiel a la alianza que ha sellado con vosotros el
día de vuestro Bautismo. Sabed que jamás os abandonará. Dirigid a menudo
vuestra mirada hacia Él. En la cruz entregó su vida porque os ama. La
contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una
alegría que nada puede destruir. Un cristiano nunca puede estar triste porque
ha encontrado a Cristo, que ha dado la vida por él.
Buscar al Señor, encontrarlo, significa también acoger su
Palabra, que es alegría para el corazón. El profeta Jeremías escribe: «Si
encontraba tus palabras, las devoraba: tus palabras me servían de gozo, eran la
alegría de mi corazón» (Jr 15,16). Aprended a leer y meditar la Sagrada
Escritura; allí encontraréis una respuesta a las preguntas más profundas sobre
la verdad que anida en vuestro corazón y vuestra mente. La Palabra de Dios hace
que descubramos las maravillas que Dios ha obrado en la historia del hombre y
que, llenos de alegría, proclamemos en alabanza y adoración: «Venid, aclamemos
al Señor… postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro» (Sal
95,1.6).
La Liturgia en particular, es el lugar por excelencia donde
se manifiesta la alegría que la Iglesia recibe del Señor y transmite al mundo.
Cada domingo, en la Eucaristía, las comunidades cristianas celebran el Misterio
central de la salvación: la muerte y resurrección de Cristo. Este es un momento
fundamental para el camino de cada discípulo del Señor, donde se hace presente
su sacrificio de amor; es el día en el que encontramos al Cristo Resucitado,
escuchamos su Palabra, nos alimentamos de su Cuerpo y su Sangre. Un Salmo
afirma: «Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo»
(Sal 118,24). En la noche de Pascua, la Iglesia canta el Exultet, expresión de
alegría por la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte: «¡Exulte el
coro de los ángeles… Goce la tierra inundada de tanta claridad… resuene este
templo con las aclamaciones del pueblo en fiesta!». La alegría cristiana nace
del saberse amados por un Dios que se ha hecho hombre, que ha dado su vida por
nosotros y ha vencido el mal y la muerte; es vivir por amor a él. Santa Teresa
del Niño Jesús, joven carmelita, escribió: «Jesús, mi alegría es amarte a ti»
(Poesía 45/7).
4. La alegría del amor
Queridos amigos, la alegría está íntimamente unida al amor;
ambos son frutos inseparables del Espíritu Santo (cf. Ga 5,23). El amor produce
alegría, y la alegría es una forma del amor. La beata Madre Teresa de Calcuta,
recordando las palabras de Jesús: «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch
20,35), decía: «La alegría es una red de amor para capturar las almas. Dios ama
al que da con alegría. Y quien da con alegría da más». El siervo de Dios Pablo
VI escribió: «En el mismo Dios, todo es alegría porque todo es un don» (Ex. ap.
Gaudete in Domino, 9 mayo 1975).
Pensando en los diferentes ámbitos de vuestra vida, quisiera
deciros que amar significa constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos.
Y esto, en primer lugar, con las amistades. Nuestros amigos esperan que seamos
sinceros, leales, fieles, porque el verdadero amor es perseverante también y
sobre todo en las dificultades. Y lo mismo vale para el trabajo, los estudios y
los servicios que desempeñáis. La fidelidad y la perseverancia en el bien
llevan a la alegría, aunque ésta no sea siempre inmediata.
Para entrar en la alegría del amor, estamos llamados también
a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a
fondo, con una atención especial por los más necesitados. El mundo necesita
hombres y mujeres competentes y generosos, que se pongan al servicio del bien
común. Esforzaos por estudiar con seriedad; cultivad vuestros talentos y
ponedlos desde ahora al servicio del prójimo. Buscad el modo de contribuir,
allí donde estéis, a que la sociedad sea más justa y humana. Que toda vuestra
vida esté impulsada por el espíritu de servicio, y no por la búsqueda del
poder, del éxito material y del dinero.
A propósito de generosidad, tengo que mencionar una alegría
especial; es la que se siente cuando se responde a la vocación de entregar toda
la vida al Señor. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de la llamada de Cristo a
la vida religiosa, monástica, misionera o al sacerdocio. Tened la certeza de
que colma de alegría a los que, dedicándole la vida desde esta perspectiva,
responden a su invitación a dejar todo para quedarse con Él y dedicarse con
todo el corazón al servicio de los demás. Del mismo modo, es grande la alegría
que Él regala al hombre y a la mujer que se donan totalmente el uno al otro en
el matrimonio para formar una familia y convertirse en signo del amor de Cristo
por su Iglesia.
Quisiera mencionar un tercer elemento para entrar en la
alegría del amor: hacer que crezca en vuestra vida y en la vida de vuestras
comunidades la comunión fraterna. Hay vínculo estrecho entre la comunión y la
alegría. No en vano san Pablo escribía su exhortación en plural; es decir, no
se dirige a cada uno en singular, sino que afirma: «Alegraos siempre en el
Señor» (Flp 4,4). Sólo juntos, viviendo en comunión fraterna, podemos
experimentar esta alegría. El libro de los Hechos de los Apóstoles describe así
la primera comunidad cristiana: «Partían el pan en las casas y tomaban el
alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46). Empleaos también
vosotros a fondo para que las comunidades cristianas puedan ser lugares
privilegiados en que se comparta, se atienda y cuiden unos a otros.
5. La alegría de la conversión
Queridos amigos, para vivir la verdadera alegría también hay
que identificar las tentaciones que la alejan. La cultura actual lleva a menudo
a buscar metas, realizaciones y placeres inmediatos, favoreciendo más la
inconstancia que la perseverancia en el esfuerzo y la fidelidad a los
compromisos. Los mensajes que recibís empujar a entrar en la lógica del
consumo, prometiendo una felicidad artificial. La experiencia enseña que el
poseer no coincide con la alegría. Hay tantas personas que, a pesar de tener bienes
materiales en abundancia, a menudo están oprimidas por la desesperación, la
tristeza y sienten un vacío en la vida. Para permanecer en la alegría, estamos
llamados a vivir en el amor y la verdad, a vivir en Dios.
La voluntad de Dios es que nosotros seamos felices. Por ello
nos ha dado las indicaciones concretas para nuestro camino: los Mandamientos.
Cumpliéndolos encontramos el camino de la vida y de la felicidad. Aunque a
primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la
libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo,
representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a
una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. Cuántas veces, en
cambio, constatamos que construir ignorando a Dios y su voluntad nos lleva a la
desilusión, la tristeza y al sentimiento de derrota. La experiencia del pecado
como rechazo a seguirle, como ofensa a su amistad, ensombrece nuestro corazón.
Pero aunque a veces el camino cristiano no es fácil y el
compromiso de fidelidad al amor del Señor encuentra obstáculos o registra
caídas, Dios, en su misericordia, no nos abandona, sino que nos ofrece siempre
la posibilidad de volver a Él, de reconciliarnos con Él, de experimentar la
alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger.
Queridos jóvenes, ¡recurrid a menudo al Sacramento de la
Penitencia y la Reconciliación! Es el Sacramento de la alegría reencontrada.
Pedid al Espíritu Santo la luz para saber reconocer vuestro pecado y la
capacidad de pedir perdón a Dios acercándoos a este Sacramento con constancia,
serenidad y confianza. El Señor os abrirá siempre sus brazos, os purificará y
os llenará de su alegría: habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se
convierte (cf. Lc 15,7).
6. La alegría en las pruebas
Al final puede que quede en nuestro corazón la pregunta de
si es posible vivir de verdad con alegría incluso en medio de tantas pruebas de
la vida, especialmente las más dolorosas y misteriosas; de si seguir al Señor y
fiarse de Él da siempre la felicidad.
La respuesta nos la pueden dar algunas experiencias de
jóvenes como vosotros que han encontrado precisamente en Cristo la luz que
permite dar fuerza y esperanza, también en medio de situaciones muy difíciles.
El beato Pier Giorgio Frassati (1901-1925) experimentó tantas pruebas en su
breve existencia; una de ellas concernía su vida sentimental, que le había
herido profundamente. Precisamente en esta situación, escribió a su hermana:
«Tú me preguntas si soy alegre; y ¿cómo no podría serlo? Mientras la fe me de
la fuerza estaré siempre alegre. Un católico no puede por menos de ser
alegre... El fin para el cual hemos sido creados nos indica el camino que,
aunque esté sembrado de espinas, no es un camino triste, es alegre incluso también
a través del dolor» (Carta a la hermana Luciana, Turín, 14 febrero 1925). Y el
beato Juan Pablo II, al presentarlo como modelo, dijo de él: «Era un joven de
una alegría contagiosa, una alegría que superaba también tantas dificultades de
su vida» (Discurso a los jóvenes, Turín, 13 abril 1980).
Más cercana a nosotros, la joven Chiara Badano (1971-1990),
recientemente beatificada, experimentó cómo el dolor puede ser transfigurado
por el amor y estar habitado por la alegría. A la edad de 18 años, en un momento
en el que el cáncer le hacía sufrir de modo particular, rezó al Espíritu Santo
para que intercediera por los jóvenes de su Movimiento. Además de su curación,
pidió a Dios que iluminara con su Espíritu a todos aquellos jóvenes, que les
diera la sabiduría y la luz: «Fue un momento de Dios: sufría mucho físicamente,
pero el alma cantaba» (Carta a Chiara Lubich, Sassello, 20 de diciembre de
1989). La clave de su paz y alegría era la plena confianza en el Señor y la
aceptación de la enfermedad como misteriosa expresión de su voluntad para su
bien y el de los demás. A menudo repetía: «Jesús, si tú lo quieres, yo también
lo quiero».
Son dos sencillos testimonios, entre otros muchos, que
muestran cómo el cristiano auténtico no está nunca desesperado o triste,
incluso ante las pruebas más duras, y muestran que la alegría cristiana no es
una huída de la realidad, sino una fuerza sobrenatural para hacer frente y
vivir las dificultades cotidianas. Sabemos que Cristo crucificado y resucitado
está con nosotros, es el amigo siempre fiel. Cuando participamos en sus
sufrimientos, participamos también en su alegría. Con Él y en Él, el
sufrimiento se transforma en amor. Y ahí se encuentra la alegría (cf. Col
1,24).
7. Testigos de la alegría
Queridos amigos, para concluir quisiera alentaros a ser
misioneros de la alegría. No se puede ser feliz si los demás no lo son. Por
ello, hay que compartir la alegría. Id a contar a los demás jóvenes vuestra
alegría de haber encontrado aquel tesoro precioso que es Jesús mismo. No podemos
conservar para nosotros la alegría de la fe; para que ésta pueda permanecer en
nosotros, tenemos que transmitirla. San Juan afirma: «Eso que hemos visto y
oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros… Os escribimos
esto, para que nuestro gozo sea completo» (1Jn 1,3-4).
A veces se presenta una imagen del Cristianismo como una
propuesta de vida que oprime nuestra libertad, que va contra nuestro deseo de
felicidad y alegría. Pero esto no corresponde a la verdad. Los cristianos son
hombres y mujeres verdaderamente felices, porque saben que nunca están solos,
sino que siempre están sostenidos por las manos de Dios. Sobre todo vosotros,
jóvenes discípulos de Cristo, tenéis la tarea de mostrar al mundo que la fe
trae una felicidad y alegría verdadera, plena y duradera. Y si el modo de vivir
de los cristianos parece a veces cansado y aburrido, entonces sed vosotros los
primeros en dar testimonio del rostro alegre y feliz de la fe. El Evangelio es
la «buena noticia» de que Dios nos ama y que cada uno de nosotros es importante
para Él. Mostrad al mundo que esto de verdad es así.
Por lo tanto, sed misioneros entusiasmados de la nueva
evangelización. Llevad a los que sufren, a los que están buscando, la alegría
que Jesús quiere regalar. Llevadla a vuestras familias, a vuestras escuelas y
universidades, a vuestros lugares de trabajo y a vuestros grupos de amigos,
allí donde vivís. Veréis que es contagiosa. Y recibiréis el ciento por uno: la
alegría de la salvación para vosotros mismos, la alegría de ver la Misericordia
de Dios que obra en los corazones. En el día de vuestro encuentro definitivo
con el Señor, Él podrá deciros: «¡Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu
señor!» (Mt 25,21).
Que la Virgen María os acompañe en este camino. Ella acogió
al Señor dentro de sí y lo anunció con un canto de alabanza y alegría, el
Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en
Dios, mi salvador» (Lc 1,46-47). María respondió plenamente al amor de Dios
dedicando a Él su vida en un servicio humilde y total. Es llamada «causa de
nuestra alegría» porque nos ha dado a Jesús. Que Ella os introduzca en aquella
alegría que nadie os podrá quitar.
Vaticano, 15 de marzo de 2012
BENEDICTUS PP. XVI
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